12.15.2005

DOS: La historia de Galo 4

Desperté alegre. Ni más ni menos. El sol aparecía entre las nubes, como un signo de buen augurio hecho de clichés. Los periodistas están llenos de clichés, embarazados de clichés diría Darío Lemos, un colombiano que conocí en Cali y que ahora yace tres metros bajo tierra, cagándose de la risa de los tres meses bajo tierra. Murió amputado, patojo, este Darío Lemos, y de un metro sesenta y ocho inclinado del lado derecho y uno cincuenta, del lado del pie que le faltó el último día de su vida y los cinco años que padeció engangrenado. Pobre Darío Lemos, lo extraño.
Desayuné frugalmente, como madre de gemelos que debe ir al gimnasio. Amanecí, como notan, machista, care verguista. Me miré en el espejo sin nada de escepticismo y me cepillé los dientes hasta las últimas muelas, las del juicio, cómo no. Iba a salir para cumplir mi rutina diaria: debía ir al diario, donde conseguí un empleo después de mi fracaso con el proyecto del Primer Semanario de la Ciudad. Es bueno volver a la realidad, pensé el día que me llamó la secretaria del Director de Recursos Humanos, un tal Nahim López. Lo pensé en plan de autosugestión de modo que la cosa me resultara menos infame de lo que ya es. Pero ese día yo no estaba para cosas mayores así es que levanté el auricular y llamé a la oficina. A la secretaria de la redacción le dije: avísale al mono (mi jefe) que hoy no voy, que estoy enfermo. Ella sabía que yo mentía pero a quién le importa. A mí, no. Como no quería quedarme en casa, y no quería tampoco ser sorprendido por ninguno de mis compañeros del diario, cogí un bus en la 10 de Agosto y me fui al zoológico. Del zoológico no tengo nada que contar.
De vuelta a casa, me eché a dormir. Serían las cuatro y media cuando desperté. Había tenido la pesadilla en la que aparece una construcción que yo he diseñado. Es una casa hermosa, inmensa, e imposible. La pesadilla consiste en que la casa es imposible. Cada vez que la tengo, me despierto de súbito, obviamente, con la respiración al límite. Pero siempre digo en voz alta, ah, la pesadilla de siempre... Y espero con paciencia a que la emoción pase y yo vuelva a mi estado natural. El problema es que ese día no pude volver a mi estado natural, como si eso existiera, y cuando dieron las dos de la mañana seguía alterado. Esa noche concilié le sueño a las cinco y media de la mañana, cuando también obviamente el gallo del vecino empezó a cantar. Desperté a las diez, completamente extenuado. Cuando llegué a la oficina habrán sido las doce y treinta. Mi jefe me miró con conmiseración. Luce mal, me dijo. Debería volver a casa. Descanse en paz, me dijo. Yo, claro, sonreí, por lo de la paz, el lapsus. La secretaria me hizo llenar un formulario y de vuelta en el bus me quedé dormido otra vez. En casa me serví un trago y vi televisión hasta que la televisión local empezó a reciclar viejos capítulos de telenovelas ecuatorianas. Cuando apagué la tele estaba pensando en María, como un perfecto cojudo.

12.13.2005

DOS: La historia de Galo 3

Domingo Siete
Esa noche hablamos por teléfono. Yo, entonces, ya me había mudado. Ironías de la vida, María se quedó con mi apartamento y yo no opuse resistencia. Al fin de cuentas, sería ella quien pagaría la renta, su propia renta. Y seguramente serían sus padres quienes cargarían con el muerto porque María nunca ha trabajado, en el sentido estricto del término. Ella se quedó con los libros, yo me quedé con la música. Debí haberme quedado con los libros, ahora que lo pienso bien, pero no pudo ser porque llegado el momento uno no piensa en esas cosas. El caso es que yo me llevé los discos, muchos de ellos discos que su padre le había regalado cuando compró su primer cd player. Discos que ahora suenan en un aparato Sony que heredé de mi padre cuando murió, un aparato de esos tres en uno, que incluyen todo, radio, casetera... de color marrón. Lo demás quedó en el departamento, muebles regalados por gentes cuyos nombres he olvidado ya. Recuerdo que había una mecedora de mimbre que quizá habría sido bonito conservar. Me pregunto si esa mecedora existe todavía. María me telefoneó a eso de las nueve de la noche. Cuando sonó el teléfono lo dejé timbrar, no quería contestar. El teléfono sonó varias veces, como en una novela de Paul Auster, y al final se apagó. El agua tuvo tiempo suficiente para hervir cuando el teléfono volvió a timbrar, tres, cuatro veces. Levanté el auricular pero no dije nada, no dije aló, ni hola. Nada. Del otro lado María tampoco dijo de nada y colgó. A eso de la medianoche, sonó el teléfono, esta vez el timbre me pareció altísimo, los perros ladraron, lloviznaba. El piso de gres esta helado, cogí el auricular y maldije a quien se le ocurriera llamar a esas horas. María pidió disculpas; su voz sonaba lejana, me costó reconocerla. Desde el día que me fui de la casa no la había vuelto a escuchar y ahora su voz me parecía, cómo describirla, absurda.
—Perdona —es que necesito verte.
Le pregunté si estaba bien, me dijo que sí. Insistí, le pregunté si estaba segura que estaba bien. Dijo que sí, que todo estaba bien, que no me asustara. Le dije que me alegraba por ella pero que estaba muy cansado, que me había despertado (era falso), que debía levantarme temprano (era cierto). Que me alegraba (era falso en parte) oirla pero que tenía que dejarla. Que me perdonara, pero que iba a colgar. Colgué. El perro dejó de ladrar y la lluvia arremetió durante un instante contra la claraboya por la que miro el Pichincha. El piso estaba realmente frío; sentí cómo bajaba la temperatura y el picor en la nariz. Me daría rinitis y era culpa de María.
Cuando me recosté, el teléfono volvió a timbrar, pero solo fue un timbrazo que ni siquiera el perro alcanzó a escuchar. Cuando cerré los ojos pude ver en el fondo de mis párpados unas manchas rojizas muy parecidas al insomnio.

DOS: La historia de Galo 2

El muchacho reapareció de repente. Fue ella la que finalmente lo encontró. El iba a pie, perfilando el parque de El Ejido, por el lado donde alquilaban bicicletas. Al principio le pareció que sería otra ilusión de tantas, pero a medida que fueron acercándose la certeza de que el muchacho era Galo le pareció posible. Aunque esta frase es estúpida es preferible dejarla porque es en términos semejantes que ella relató el asunto. Recuerdo que dijo lo siguiente: iba a pie, cargaba un bolso cruzado en el pecho / el pelo le había crecido, tenía churos, cuando lo vimos por primera vez no tenía churos, ¿tenía pelo? / al principio... / me di cuenta de que era él cuando lo vi virarse / se preparaba para cruzar la calle, torció la cabeza / pude ver su cuello / levanté la mano, quise gritarle / atravesó la calle al trote entre los automóviles que habían bajado la velocidad / los automóviles se estorbaban entre sí / corrí / alguien gritó / el taxi frenó justo y él ya estaba en la 6 de Diciembre / lo vi entrar en una tienda, iba a sacar fotocopias / lo miré / era él / pensé en ti / en esos días / le toqué el hombro, se volvió, le dije hola, ¿eres tú?
Era él, dos años después, casi los días contados. El muchacho hacía fotocopias de sus papeles de identidad. Se llamaba, se llama, Moreta, como un amigo mío que se fue a vivir en Francia. Vivía en Quito, en la Floresta. Caminaron hacia allá. En el camino conversaron sobre sus ocupaciones presentes. Nada de memorias, de recuerditos. Solo cosas prácticas, ¿cómo estás?, ¿qué haces?, ¿supiste que va a haber elecciones? Cosas así. Llegaron a la casa del muchacho, una casa en la Valladolid, de dos pisos. Yo hubiera creído que si Galo vivía en alguna parte no sería en un sitio así. El muchacho timbró, el perro, una especie de castellano, ladró como siempre, entre la alegría y el insulto. La mujer que les dejó entrar ahuyentó al perro. Las dos se miraron y él las presentó. Madre, María. Pasaron. La mujer les sirvió pasteles de maduro con arroz y salchichas. Tomaron jugo de naranja. La mujer subió al segundo piso y ambos siguieron por el corredor hasta la habitación de Moreta. María ojeó unos papeles sobre el escritorio, eran textos escritos a máquina, en papel bond muy liviano, quizá papel de 60 gramos. El la dejó hacer. Le dijo que eran cosas sin importancia. Luego, María encontró un libro de Boris Vian de solapa roja, grueso. Lo abrió y leyó el poema "Señor Presidente", en plan solemne. Les atacó la risa, se abrazaron. María besó a Moreta. Se desnudaron apenas. Lo suficiente. El la penetró atareado, pero ella no le dijo nada. Al salir, María cogió unas cuantas hojas del escritorio y furtivamente las metió en su cartera. Moreta la vio hacer, pero no dijo nada. Esas hojas ahora las tengo yo.

11.29.2005

DOS: La historia de Galo

Galo ha contraído matrimonio esta mañana de sábado. El matrimonio ha sido hermoso. Yo he sido testiga. Firmé el acta y levanté la mano para jurar. Sí, conozco al señor, lo juro. El señor se llama Ángel Moreta y es homónimo de otro Ángel Moreta que es amigo de un amigo. El otro Ángel Moreta debe vivir en alguna parte de la geografía francesa, en Córcega, por ejemplo. Éste no. Este amigo mío se llama Ángel, pero le decimos Galo, para molestarle. Eso es, su señoría, para sacarle de quicio. Es que no sé si usted recuerde el caso del muchacho que apareció un día estilando entre Eloy Alfaro y Diez de Agosto y que fue recogido por un par de personas (una de ellas era yo) y que luego volvió a desaparecer y el par de personas pusieron una denuncia ante la fiscalía, no sé si lo recuerde. Pues bien, yo soy una de las personas que denunció la desaparición del susodicho, que para el caso fue llamado Galo NN por la prensa sensacionalista y por la otra, es que nosotros, la otra persona y yo, ante la situación, es decir el anonimato del mentado, no se nos ocurrió mejor idea que creer que se llamaba Galo, así no más su señoría, Galo a secas, porque qué apellido le íbamos a poner. Ninguno, entenderá usted. Ninguno.

Y ahora resulta que el tal Galo se llama Ángel Moreta. ¡Qué ironía!
Pues bien, hoy se ha casado y todos estamos felices por él, y también por la chica, que se lo merece. La chica es muy linda, y muy dulce, y ama al muchacho, se lo garantizo. El Estado debería saber en qué condiciones amatorias se hallan sus ciudadanos. Eso debería ser una de sus prioridades, y para el caso que nos ocupa, su señoría, el Estado escribiría al margen del acta que usted tiene delante de sí lo siguiente: la chica, de apellido Spiegel, ama en grado sumo al muchacho, de apellido Moreta. Que conste... Y sí, lo aseguro, la chica está entrañablemente unida a Galo, a Ángel, da lo mismo, porque Galo ha sido dulce y también tierno con ella. ¿Que qué significa eso, qué... el Estado no puede comprender? Significa que él ha compartido con ella no solo la cama sino también el dulce de leche, su señoría, la última cucharada de dulce de leche. Que él ha sido cursi con ella, que la ha escuchado a pesar de todo. Y que ella se ha dejado escuchar y se ha dejado tocar las tetas con desenfreno. Eso significa, su señoría, en todas las tardes y en esta tarde que ambos contraen matrimonio enamoradísimos y entusiasmados y también un poco ebrios porque la señorita Spiegel nos ha ofrecido a los íntimos unas copitas de aguardiente antes de esta ceremonia fabulosa que usted preside tan bien, y que espero la recuerde como algo de veras especial en su lista de matrimonios y bodas, señora jueza. Y a mí me complace decir estas palabras porque yo, de entre todos, fui la más ilusa de todos porque cuando Galo desapareció en lugar de quedarme devastada me enfoqué tanto en los sucesos que durante días, qué digo, meses, me concentré en cada detalle de manera tan neurótica que al final pesaba la mitad de lo que suelo pesar y me costaba tanto conciliar el sueño que prefería no echarme en la cama junto a mi novio, que ahora ya se ha marchado. ¿Dónde estará mi novio, su señoría? ¿No cree usted que el Estado debería decírmelo? Al final, el señor Ángel Moreta que aquí firma junto a mi firma y a la de la señorita Spiegel y a la de la madre de la señorita Spiegel reapareció tan súbitamente como desapareció, tan súbitamente como apareció en nuestras vidas. Es que así sucede siempre con los amigos, aparecen y desaparecen, y cuando una se da cuenta ya está sola, ya nadie viene a visitarla los domingos por la tarde, o los viernes, y usted creerá que yo estoy loca, dirá, he conocido a una orate, pero se equivoca señora jueza, lo que le digo es la justa verdad, ni un ápice más ni un ápice menos; tan es así que el señor Ángel Moreta cuando volvió no nos dijo amigos, gracias por haberme colaborado esos días de infortunio / muchachos, les reconozco y les pido me dejen explicar un par de cositas / señores, he vuelto para mostrarles mi aprecio. Ni nada, no dijo nada su señoría que no sea hola, ustedes querían saber mi nombre, pues bien, me llamo Ángel Moreta, pero pueden decirme Galo porque el nombre no me disgusta. El caso es que quiero ser su amigo, verlos de vez en cuando, sobre toto a ti, María querida, que pareces buena gente, y a ti también, le dijo a mi compañero, mi novio, y se lanzó sobre nosotros y nos estrechó en un abrazo que recuerdo con nostalgia en este día de sábado que Ángel Moreta se casa ojalá para siempre con la señorita Spiegel.
He dicho, su señoría.

La historia de Galo (jueves 22)

Y el jueves Galo desaparece de la escena. Para tener una idea de esto, basta con imaginar una sala de teatro que en un momento está llena de Galo (colmada de Galo) y un instante después está vacía de Galo. El personaje se ausenta de la escena.
Sale.
Cuando sale, lo hace de soslayo, en silencio. El silencio es capital a esta hora. No hay palabras. Solo el murmullo del día a día, el paso de un bus por la calle de enfrente, la cafetera hirviendo el agua, el viento soplando contra las paredes de las casas vecinas, un grito cortísimo de alguien desconocido.
María se levanta el jueves con la ceja parchada. Hace horas que dejó de sangrar, su piel ha empezado a regenerarse sin que ella se dé cuenta; está de buen humor.
Hola, me dice, hola lindo muchacho, y se quita la ropa. Su desnudez se pasea por la habitación, mira por la ventana, el patio está vacío, el cielo ya no llueve, el país. Su desnudez no tiene nada de poesía barata y es tan solo algo parecido a un recuerdo que se viene de sopetón. Sus tetitas brincan al ritmo de su alegría, que es mucha en este jueves, cuatro días después del encuentro con el muchacho de la ropa mojada, de la mirada ida, del miedo. Y se viste María con ropa cómoda, se pone una sudadera que le acaricia la piel sin ninguna malicia. Se mete en un par de pantalones comprados en Otavalo y que la disfrazan; ahora María parece una payasa que está a punto de soltar una idea genial. Pero la idea genial es pasajera y María se mira en el espejo, se mira mirarse y ríe. La vida es simple pero no bella, dice, alocándose el pelo y la palabra.
Yo, como se entenderá, me escondo debajo de las cobijas, contento de esta tregua que nos ha amanecido en este jueves. Debajo de ellas, o dentro, respiro el olor de ella confundido con mi olor. Todavía recuerdo la primera vez que nos hicimos el amor: ella me tocó, yo la toqué; nos acariciamos. Ella lloró, de la pura emoción, dijo. Cuando nos vestimos, parecía que ahí habíamos estado desde hace fu, y aquí íbamos a estar para siempre. En el escenario, ella y yo, con los ojos abrumados.
Pero hoy, María sale también y el ojo mío la persigue por el corredor que conduce, como ya he dicho en varias ocasiones, a la sala, al baño, al comedor, a la cocina, a Galo.
Va María envuelta en el silencio que es el día a día que crece en Quito: una perrita ladra asustada y un vendedor de escobas se pierde en el ruido que hace un carro intentando arrancar.
María vuelve a la habitación, hala las cobijas, las echa a diestra y siniestra. Me mira a los ojos sin parpadear, sus manos aprietan mi camiseta: se ha ido. El muchacho se ha ido.
Y yo agradezco en silencio.
El muchacho se ha ido,
padre nuestro que estás en los cielos,
pinche muchacho que se ha ido,

Pero María es más tenaz que todo esto y al rato estamos ella y yo gritando en las calles. Lo buscamos. Vamos para acá y para allá. Caminamos y corremos. Ella cree verlo por allá y vamos hacia allá. Nada. Ella cree verlo por acá y volvemos. Nada. Ja, ja, le digo, ya ves. Y María se ríe.
Pero pasan las horas y el muchacho no aparece. Nuevamente el cielo se pone gris. Esta noche lloverá. Galo, Galo, grito, y nada. Esta noche el muchacho volverá a mojarse.

11.02.2005

La Historia de Galo (jueves 21)

El miércoles sucede en silencio. María tropieza con mis botas, cae, se golpea la frente y sangra. Todo esto en sllencio. Intento preguntarle qué sucede, cómo así, decir oh por dios qué ha pasado, carajear, pero la voz no sale, nunca se ha de saber cómo hay que decirte maría tu dolor visto desde aquí, de este lado de la cama. María se pone de pie, su ojo izquierdo apenas abierto, el otro cubierto por la mano derecha, y acaso si alcanzo a oir lo que podría ser su respiración. El aire que flota y que va de afuera hacia adentro, rapidísimamente como es habitual en las personas heridas. Quiero decirle a María que se calme pero mis esfuerzos son vanos, mi boca alberga salivas y mucosas, un territorio rosado despoblado de palabras. Entonces pienso, es preciso pensar. Pienso: pobrecita María, llena eres de gracia, tu dolor está conmigo, que es lo mismo que hablar en silencio. Pienso: María, tranquilízate querida que todo tiene solución. Pienso pensamientos inútiles en la hora de la angustia y en toda hora, incluidas las de este miércoles que ha amanecido sobre el mismo país en el que lo dejamos ayer.
Finalmente, María sale de la habitación y en dos pasos está frente al espejo. Sé que se mira como si del otro lado no estuviera ella sino alguien más, alguien que no conocemos, que pasea los domingos por las tardes sola, alguien que disfruta el ir sin rumbo en cualquier ciudad del mundo, Bogotá, Lima, Río de Janeiro, La Habana y también Caracas, no sé porqué. Sé, aunque esto puede caber en la duda, que durante un instante no se decide a tomarse en serio y a actuar como una mujer adulta, alguien que ha perdido la inocencia no una sino mil veces, y por eso puedo decir que María durante ese instante -ese punto- juega consigo misma, tuerce las cejas, frunce la nariz y se ríe. Payasa, María. Mientras tanto, yo piso las tablas, el frío crispa la piel y camino. Cuando llego encuentro a María torcida por una risa de mimo, su rostro pálido cortado por un hilo de sangre que resbala hermosamente hasta encontrarse con sus labios, ahí donde son comisura. Presiento que en el patio si no fuera por este silencio implacable los pájaros cantarían como siempre, bestias inocentes de la vida de María.
María se cura con violeta de genciana. No quiere ir al hospital.
Supongo que el enfermero le diría: señorita -como si nuestra cama matrimonial fuera solo un accidente-, acéptelo, son tres puntos los que necesita.
No, María no lo aceptaría.
Se cura con la piel del huevo, ese sitio donde la cáscara empieza a ser algo insondable. Se cura con la frontera que separa a la gallina del pollo que nos freiremos algún día.
Se mira en el espejo, satisfecha. Sus pasos hacen plof, plof, plof, plof. Inaudibles. Acomoda las cobijas y se recuesta. Cierra los ojos.

Me paso el día observando. Ahí está María, ahora ha abierto los ojos; ahora toca con las yemas de sus dedos la herida. No la toca. La sobrevuela, como quien sobrevuela otro planeta. Ahora tiene los ojos cerrados nuevamente, y sus pies permanecen estáticos. Ahora encoge las rodillas al tiempo que vira hacia el otro lado. En esa posición no puedo verle la cara. Ahora sucede un espasmo brevísimo, debe ser alguien en el sueño que la asusta. Otro espasmo sucede algunos minutos después. Y luego nada. Sus sueños deben también haberse vaciado, hartos ya de tanto Galo.
Con este sentimiento me recuesto junto a ella. No la oigo respirar, qué importa.

9.28.2005

La historia de Galo (jueves 20)

Durante todo el martes la situación es la siguiente:
María, cada vez que tiene chance, se dirige al muchacho en los siguientes términos:
–Galito, ga, ga, ga, galito, galo, ga-lo, ga-lo.
–¿Quién es Galo? ¡Yo!, o sea tú, dice apuntándole con el índice derecho, la uña redonda, impecable.
–Galo, por favor.
–Galo, te ruego.
–Galo, me gusta tu silencio.
–Pobre Galito, ha sufrido tanto.
–Lindo Galito, mira, el día está soleado. Estamos en abril.
–Yo soy María. Ma-rí-a. ¿Entiendes?
–Galo, caramba, te he estado esperando desde siempre.
–Ja, ja, ja. Galito.
Pero Galo nada. Ni pío. María calienta pan, hierve agua, pone la mesa, los individuales y sus servilletas, tres cucharas, tres cuchillos, corta melón, acomoda las sillas, echa unas ramitas de cedrón en la tetera. María lo llama: Galo, esto te devolverá el alma, ya verás. Y Galo nada de nada. Yo, en cambio, estoy con el apetito abierto y mientras como la barriga se me hincha de placer.
Dan las nueve. Es hora de salir, María, ésta es nuestra última oportunidad, le digo. A las diez hay chance de cruzarse con el concejal Ortiz en el hall del Municipio. El concejal Ortiz, sabes, el concejal que habla siempre en nombre del alcalde en las exposiciones de los artistas, el que habla siempre y bonito de su familia. A las diez María.
Pero María nada. María está encerrada en el baño, seguramente sentada en el inodoro, con la vista clavada en la ventana que también mira al patio, como un ojo tuerto.
Golpeo la puerta. Grito. Carajo, digo, si no sales me voy solo. Bufo, tuerzo los ojos, inflo las pupilas, los vasos sanguíneos. Es inútil. María, la ventana, el inodoro.
Salgo. Detrás de mí lanzo la puerta de calle contra el marco. Ahora estoy de este lado. Del otro han quedado María y Galo. Ahora yo estoy solo.
La calle corre hacia el oriente, de bajada. Doscientos, quizá trescientos metros. Lo que está por suceder ya lo escribí en un cuento enigmático que tampoco publiqué. En el cuento, el protagonista sale cabreadísimo de su casa después de una bronca con su compañera. Su compañera se llama, creo, Lucía. Ya no sé. Y mientras el tipo se aleja se inicia un incendio en la casa. Un cortocircuito. Una fuga de gas. Un cigarrillo mal apagado. No importa. El fuego amenaza al segundo piso donde Lucía, ignorante de todo, pasa el tiempo. Mientras tanto, el tipo llega a un parque y se recuesta boca arriba, como en el cuento de Julio Cortázar. Lo demás no importa.
Al final de la calle hay una iglesia de barrio, pintada de verde botella y naranja mecánica. Por suerte la puerta está cerrada y continuo naturalmente la ruta hacia el sur. Al fondo aparece entre las nubes el Panecillo y más allá un pedazo del Cotopaxi. A la derecha es imposible distinguir el Pichincha porque la ciudad está sumergida en una nube gris de gases tóxicos. Camino contando los postes. De mi hombro cuelga el proyecto del periódico. Si me apuro, pienso, puedo alcanzar al concejal Ortiz. Y si el concejal Ortiz me llega a escuchar es probable que el jefe del departamento de comunicaciones me vuelva a recibir. Y no sería nada raro que me proponga algo, un acuerdo, un convenio, talvez un auspicio. Entonces tendría que editar el primer semanario de la ciudad, día a día, hora a hora, letra por letra. Solo basta estirar el brazo y ese taxi se detendrá. Solo eso. Sin embargo, el taxi pasa levantando algunos papeles arrojados quizá esta mañana. En el asiento trasero van una mujer y un niño. Un segundo taxi se detiene frente a mí. Estiro la mano, el taxista me mira con desconfianza, arranca.
Pasa un tercer taxi, y un cuarto. Y un bus azul.
En mi cuento, el hombre, por la tarde, mira la televisión sentado en un bar. Hay un flash informativo cuyo motivo es el incendio en la casa No. 33. Los bomberos están a punto de rescatar a Lucía, que parpadea. Lucía tiene lindas tetas, piensa el personaje. En cambio María tiene lindas piernas.
No hace falta caminar más para decidirlo: lo mejor será evitar cualquier encuentro con el concejal Ortiz.
En el parque, me recuesto sobre un árbol que podría ser el del cuento. Arranco una brizna de hierba y me la meto en la boca. Sabe a fresco. Ojalá que está tarde vuelva a llover.

El martes pasa enterito: la mañana y la tarde. A las siete de la noche, empujo la puerta principal. Galo, como ayer, está de pie en medio del jardín, mirando al sudeste. Viste una camiseta de la selección nacional, pantaloneta blanca. Está descalzo, pero parece un payaso. Encuentro a María recostada en la cama, la pijama puesta. Me recuesto junto a ella. Mi mano se desliza hasta rozar sus pezones que enseguida se endurecen. Mis dedos se pasean despacito, dibujando círculos viciosos que se superponen sin ton ni son.

9.27.2005

La historia de Galo (jueves 19)

Desde aquí lo veo claramente, veo cómo su camisa blanca de mangas cortas ajada pende sobre su cuerpo en desorden. Noto que su camisa es una guayabera y que está fabricada de algodón 100% porque en cada pliegue la tela se arruga, y en cada arruga se estruja como se estrujan los árboles crecidos al azar. Eso es, le digo a María, este muchacho es nuestro nuevo amigo ecuatoriano, connacional, compatriota y ahora, depués del beso, coyacente, o casi, porque a punto estuvo de acostarse contigo (murmuro como murmuran las monjitas en la misa de las cinco, creo).
Observo cómo su cuerpo se apoya sobre la pared también blanca de modo que el muchacho parece una cosa informe. Pienso que siendo una cosa informe puede resultar en un monstruo apestoso que infesta con su aliento este hábitat donde María y yo nos instalamos un martes cualquiera, a las tres de la tarde. Era verde, ese martes, como un poema de Lorca, que es el poeta favorito de María, Federico García... Lorca, dice ella.
Se pone de pie. Gira. Mira por la ventana de la cocina. El día está lindo (no lo dice). Gira, en plan natural, nada robot . Sus ojos pasean sobre la estantería. Ja. No recoje detalles, solo masas de vidrio, de acero, y también de plástico. Gira. Ahí está María. El muchacho observa a María, no sé si en detalle. No sé. Sus ojos y los míos se cruzan, furtivamente. Mis ojos persiguen a sus ojos, pero sus ojos escapan. No los veo. Solo veo al muchacho. El muchacho camina. Viene hacia mí. Hacia acá. Se acerca tanto que ya no lo veo. Ahora lo siento, pasa junto a mí. El muchacho huele a húmedo. Apesta. Se aleja, en sentido opuesto. Giro. El muchacho sigue su camino, todo muy despacio, paso a paso. Veo su espalda; la guayabera sucia. Tiene el pelo corto, es bajito, mucho más bajo de lo que hubiera creído. De hecho para besar a María debió alzar su mentón, y solo ahora lo noto. Toma a la izquierda; delante de sí la puerta está abierta. Entra. Ya no lo veo. No escucho la puerta golpear el marco. No escucho la visagra chirrear. Orina. El chorro cae en una vía única sobre el agua del inodoro. Oigo el golpe del agua. María también lo oye, levanta la vista, sorprendida, como si no hubiera sabido que el muchacho tenía un pene. Lo esperamos. María, con las manos apoyadas en las rodillas, alejada del espaldar. Yo, de pie. Ya no se escucha la orina caer en el hoyo.
¡Galo!, grita María, de súbito.
¿Tu nombre es Galo!, exclama, y se pone a reir como una loca. Se ríe, María se encoge. Se ríe y se encoge a la vez. Y finalmente de sus ojos brotan lágrimas de felicidad.


9.23.2005

La historia de Galo (jueves 18)

Querida,

tengo que decirte, debo, que esa no fue la única vez que te golpeó sino que luego, no sé cuándo, lo volvió a hacer. Lo sé porque entonces ya tenía más de ocho años y como sabes desde ahí tengo memoria de elefante. ¿Será que soy capaz de olvidar su brazo empujándote contra la pared de una casa, tu pelo rotando como si estuvieras feliz y no aterrorizada, tu cartera colgando, rebotando, colgando? Que no te veo de frente, que te distingo nomás. Que por eso tu cara parece menos familiar de lo que debería, pero que puedo adivinar que tus ojos se llenan de dolor en el momento en que tu cuerpo golpea contra el muro blanco. Que entonces él se echa a andar con paso desgarbado, mete su mano en el bolsillo de la chaqueta de cuero que se parece mucho a la que le trajiste a papá cuando volviste de Argentina, saca un cigarrillo y sin dejar de caminar lo enciende con un fósforo, con un gesto magistral de ambas manos, de todos sus dedos. Que el humo que lanza se confunde con el humo que lanza un bus de la ruta Ermita-Las Casas y que cuando toma a la derecha por la calle Honduras y yo le pierdo de vista el rimel te empieza a manchar la cara, como si toda la tarde hubiera estado lloviendo y no solo en este momento que te cuento.

Querida,
tienes que saber que por un instante volviste a ver hacia la esquina de Estados Unidos y Riofrío, donde yo estaba, y que sí, que tus ojos se cruzaron con los míos, que esto que te digo es verdad y no un asunto ridículo de la conciencia que te pesaba entonces. Que mis ojos estaban muy abiertos y los tuyos encogidos y rojos. Que te miré sin saber qué hacer, y que tú sí me viste pero te dijiste no, mijita linda se quedó en la casa, no puede ser. Y que acto seguido, sin prestar ninguna atención a tu vientre palpitante y a tus rodillas temblorosas, te lanzaste a su persecusión. Que te esperé durante unos treinta minutos, incrédula. Que tú esa noche volviste no sé a qué horas, porque yo para entonces ya estaba dormida. Y que mi pesadilla fue ciega.