6.09.2005

La historia de Galo (jueves 5)

Domingo Siete
El diario íntimo de María no es tan íntimo como ella quisiera.
El diario íntimo de María está escrito sobre papel fino Kimberly, sorteado en un Festival de Cine al que María asistió empujada por el tedio familiar, un mes de abril como éste, mes de resurrecciones y de otros milagros religiosos. Esa noche, María volvió con una libreta de unos cincuenta folios colgando de su mano como algo que está a punto de caer. La vi tirarse en el sofá y le pregunté: "María bonita, ¿estás bien?, ¿me has perdonado?". Y ella no me contestó porque en ese momento todavía estaba a punto... ¿a punto de qué? A punto de decidir que la amnesia es más hijueputa que la memoria, y que todos vivimos en un tris de caer en el otro lado, un lado que ni siquiera sospechamos. "La amnesia te mata", dijo, soltando las palabras en el aire como globos que lanza un científico en el momento supremo de su investigación. "¿Te mata?", atiné a preguntar, antes de que María empezara el cuento de una mujer que había visto en una película documental cuyo título es tan aterrador como ambiguo: Los baños ducha. Esa mujer, cuyo nombre en francés no me dijo nada, podría llamarse Cinthia o Melissa o incluso Jimena Duarte, que es el nombre de una amiga que dejamos de ver hace mucho, no sé porqué. El caso es que esa Cinthia de la película se parecía mucho a la Jimena Duarte en que según lo que María vio era una mujer a la que uno en la calle miraría sin mover el mentón, lo más comúnmente del mundo, o acaso perseguiría con la vista no para buscar el detalle sino más bien para averiguar, sin conocer las razones, qué hay en ella que no hay en otra persona, y a la que perdería de vista sin ninguna sensación adicional, como lo hacemos con todos o casi todos los individuos que atraviesan nuestro camino. Esa mujer, quizá Melissa, quizá Dolores Lizaralde, lleva una falda a cuadros, entre verdes pálidos y ocres pasteles que se funden como en un estudio del color, y su cabello está protegido por un pañuelo de algodón como los que usaban mi mamá y sus amigas en los años sesentas, cuando nos sacaban al patio de la casa donde a espaldas de todos los demás adultos encendían uno tras otro los cigarrillos que compraban a hurtadillas. Y tiene gafas gruesas de artista de cine que va al entierro, gafas que las pudiera llevar cualquiera, incluso Ronnie Schneider el día en que decidió suicidarse porque ya no se aguantaba en ese cuerpo tan bonito, ella que estaba convencida que no merecía el cariño de nadie, ni siquiera de Marcelo Mastroiani. Detrás de las gafas es difícil saber si hay unos ojos tristes como los de Ronnie Schneider, empapados en lágrimas absurdas, o unos ojos brillantes y placenteros, digamos bellos. Hasta ahí, la mujer sigue siendo cualquiera, quizá con la única extravagancia, en ese primer golpe de ojo, que sería el hecho de que ella, Cinthia, digamos, qué carajo, chupa el cigarrillo como si estuviera en su casa y no en la calle, y eso a nosotros, ecuatorianitos de este equinoccio andino, nos produce un temor difícil de comentar, porque acá las mujeres casi nunca fuman en la calle y peor solas, pero ella fuma y se nota que entre el humo y ella hay algo íntimo en que el humo cubre su rostro y se impregna en su ropa sin ningún inconveniente. Pero una vez que se sabe que la mujer es francesa y que la ciudad que pisa es París, entonces el espectador se siente más cómodo que antes cuando estaba a punto de descubrir el conflicto, que resultó ser falso, y ahí está otra vez la mujer de la película como si nada, como si no hubiera nada en ella de extraordinario, y eso es lo peor de todo, que no se puede entender una película en la que no haya nada extraordinario, y ante esto el espectador entra en crisis, acostumbrado como está a ver solo cosas extraordinarias y esta mujer es lo más normal de lo normal, una nadie, una nadie sin historia, que es lo peor que le puede pasar a cualquiera. Y cuando la película documental está a punto de derivar en la somnolencia absoluta, en el arte vanguardista y sofisticado, resulta que la mujer se sienta, casi se recuesta contra la pared y cruza las piernas larguísimas que tiene, y pone la una sobre la otra con tanta soltura (parece que estuviera deseando tirarse a todos los espectadores) que resulta casi imposible darse cuenta que ella, esta Cinthia, lleva unas botas rojas que no se acaban nunca, de un rojo brillante y de charol, como los zapatos de Galo, un rojo de plástico-imitación-cuero que ni mi madre ni sus amigas se hubieran comprado nunca porque puestas esas botas se sentirían como putas baratas. Pero ni el realizador ni el camarógrafo -'el operador', dicen los atorrantes- parecen haberse dado cuenta del asunto; de hecho, la cámara sobrevuela sobre estas botas no por pudor sino por ignorar lo que María ya sabe, que es que la mujer está vestida por retazos, como Dolores Lizaralde, retazos de otros y de otras, un collage de prendas que en conjunto son Cinthia, la de la película documental que ahora camina echando pitadas cada vez más seguidas y, si uno se fija bien, que cojea porque el calzado le queda chico o grande, quién sabe, que cojea porque tiene una ampolla que empieza a podrirse en el pie izquierdo, a la altura del talón, y que hiede tanto que la sala de cine se vuelve insoportable, pero no solo por el olor sino por esto que ha descubierto María y que es que la mujer, Cinthia, hoy ya no es la que fue antier apenas, cuando vivía en algún sitio con nombre y apellido, la que tenía una cartera donde guardaba su cédula de identidad y su permiso de conducir y su labial recién comprado, la que parió a dos niñas gemelas hace nueve, diez años, quién sabe, y la que anteanoche, sin saber muy bien cómo ni porqué, se sirvió un doble trago de whisky, el último de su vida, y se bebió todo lo que había en la despensa, hasta el perfume, y la que a las tres de la mañana yacía medio dormida en el andén de la estación de Nationale cuando un policía la empujó con el pie para ver si estaba muerta o si solo había que indicarle que en el Metro no se puede dormir. La mujer que esta misma mañana caminaba cojeando porque había perdido en el transcurso de la noche el zapato izquierdo y que a eso de las once encontró tiradas las botas rojas en el bote de basura junto al local de los "Baños Duchas" de París, y se las puso justo unos segundos antes de que el realizador y el camarógrafo pasasen por allí y la vieran transitar como cualquier mortal, sin saber que ella y no otra era el personaje principal de esa historia donde nada ocurre ni ocurrirá, y que ha puesto a María al filo de la tormenta.